Argentina me dio mi identidad; España, mi hogar
Llegué solo a España en 2004, con 24 años y la urgencia de construir una nueva vida. Veintidós años después, Argentina sigue definiendo quién soy, pero España es el lugar donde formé mi familia, encontré estabilidad y aprendí que el hogar no siempre coincide con el país en el que naciste.

Mi llegada a España
Llegué a España en 2004, con 24 años recién cumplidos. Llegué solo, aunque aquel viaje nunca fue un proyecto individual. La idea era empezar una nueva vida junto a mi mujer, pero no conseguimos a tiempo los papeles en Italia que necesitábamos para que ella pudiera venir y quedarse en España.
Así que me tocó dar el primer paso solo.
Elegimos España por el idioma. Emigrar ya era un cambio suficientemente grande como para sumar también la barrera de no poder comunicarnos. Y elegimos Madrid porque sentíamos que era el lugar donde podían aparecer más oportunidades. No teníamos certezas, pero sí un objetivo: construir algo mejor.
Mis primeros días estuvieron llenos de inquietud. Necesitaba encontrar trabajo cuanto antes, resolver dónde iba a vivir y conseguir que mi mujer pudiera venir. No había demasiado espacio para detenerse a pensar en lo que estaba sintiendo. Cuando emigrás, muchas veces las urgencias prácticas tapan las emociones. Primero buscás una habitación, después un trabajo, después los papeles. El duelo queda para los momentos en los que se apaga el ruido.
La distancia emocional apareció desde el primer día. La sentí cuando llamé por teléfono a mi mujer. En ese momento entendí que no solo había cambiado de país. Había dejado atrás a la persona con la que quería compartir aquella aventura, además de mi familia, mis amigos y todo lo que hasta entonces me resultaba conocido.
No me había ido porque quisiera alejarme de ellos. Me había ido porque buscaba nuevas oportunidades. Pero incluso cuando uno se marcha convencido, la distancia duele.
Aprender a vivir en España
Una de las primeras cosas que me sorprendió de España fue la tranquilidad que se respiraba en la calle. Poder caminar sin estar permanentemente pendiente de lo que pasaba alrededor era una sensación nueva. Con el tiempo, esa tranquilidad se convirtió en uno de los grandes pilares de nuestra vida.
También fui incorporando pequeñas costumbres. Por ejemplo, el almuerzo español, ese segundo desayuno de media mañana que para un argentino al principio resulta difícil de clasificar. No sabés muy bien si desayunaste dos veces o si empezaste a comer antes de tiempo, pero al final terminás adoptándolo.
Otras cosas todavía me cuestan. Siempre me sorprendió lo separada que puede estar España en términos de identidad. Me cuesta entender que la bandera no siempre sea vista como lo que para mí debería representar: un símbolo capaz de identificar y unir a quienes viven en un país.
Como argentino, estoy acostumbrado a que, al menos en determinados momentos, una camiseta, una bandera o un acontecimiento deportivo nos hagan sentir parte de lo mismo. Aunque también aprendí que esa camaradería puede complicarse un poco cuando Argentina y España se cruzan en una final.
Mi integración llegó, sobre todo, a través del trabajo. Trabajar me permitió conocer gente, generar vínculos y sentir que empezaba a formar parte de la vida cotidiana de este país. No sentí que tuviera que cambiar mi forma de trabajar: siempre intenté dar todo lo necesario y, muchas veces, un poco más. Esa manera de comprometerme me ayudó a progresar y a destacar en diferentes etapas de mi vida laboral.
Una forma de hablar que ya no pertenece a un solo lugar
Después de 22 años, mi manera de hablar ya no es completamente argentina ni completamente española. Es una mezcla.
Incorporé las palabras que necesitaba para que la comunicación fuera más sencilla. Uno aprende rápidamente que comunicarse no consiste en defender cada palabra del diccionario propio, sino en lograr que la otra persona te entienda. Sin embargo, hay expresiones que nunca se fueron. El “dale” sigue apareciendo siempre. Y también el “boludo”, aunque su significado dependa mucho del tono, del contexto y del nivel de confianza.
En Argentina probablemente noten que mi forma de hablar cambió. En España, por supuesto, sigo siendo argentino. Soy un poco sapo de otro pozo en ambos lugares.
Eso tiene ventajas y desventajas. La principal incomodidad aparece cuando alguien intenta hacerte sentir que no pertenecés. No me ocurrió demasiadas veces, pero cuando sucede deja una sensación extraña: llevás muchos años viviendo en un lugar, trabajando, formando una familia y construyendo una vida, pero para algunas personas siempre existe una frontera invisible.
Al mismo tiempo, vivir entre dos culturas te permite observarlas de una manera diferente. Podés comprender algunos comportamientos desde dentro, pero también conservar la distancia suficiente para cuestionarlos.
Esa mezcla se nota especialmente en el trabajo y en mi actividad como entrenador de baloncesto. En ambos espacios aparecen mi forma argentina de comunicarme, de generar vínculos, de exigir y de expresar afecto, combinada con muchos códigos que incorporé viviendo en España.
Argentina vista desde lejos
Lo que más extraño de Argentina es la gente.
Extraño la forma de hablar, la cercanía y esa capacidad que tenemos los argentinos de hacerte sentir parte de una conversación incluso cuando acabás de llegar. Pero también extraño vínculos que ya no existen de la misma manera.
Cuando uno se va joven, imagina que las relaciones quedarán congeladas en el momento de la despedida. Sin embargo, la vida continúa para todos. La distancia no elimina el cariño, pero cambia los vínculos. No estar presente en el día a día hace que ciertas uniones se debiliten, aunque nadie haya hecho nada malo.
También idealicé la posibilidad de tener nuevamente cerca a la familia. En 2014 regresamos a Argentina y vivimos allí durante dos años y medio. Volver parecía la oportunidad de recuperar todo aquello que habíamos dejado. Sin embargo, no tardamos en sentir que queríamos regresar a España.
Aquella experiencia fue fundamental. Nos permitió comprobar algo que quizá no habríamos entendido de otra manera: Argentina seguía siendo una parte esencial de nuestra identidad, pero nuestra vida ya estaba en España.
La distancia también me permitió ver con mayor claridad algunos problemas argentinos. Muchas veces nos acostumbramos a que las cosas no funcionen correctamente, a que los procesos queden a medias o a que resolver cualquier trámite dependa de encontrar una excepción. Terminamos normalizando no solo que las cosas funcionen mal, sino también no hacer todo lo posible para que funcionen mejor.
Aun así, hay aspectos de Argentina que valoro cada vez más. La amabilidad, la cercanía, la forma de crear vínculos y esa unión que aparece cuando ocurre algo importante. Cuando juega una selección argentina, cuando aparece nuestra bandera o cuando un deportista argentino compite, las diferencias parecen quedar suspendidas durante un rato.
Hace más de diez años que no regreso. Mis padres murieron y ellos eran el motivo principal por el que volvíamos todas las Navidades. Desde entonces, volver dejó de tener el mismo significado. La casa, la ciudad y el país siguen estando, pero las personas que convertían ese viaje en un regreso ya no están.
España como hogar
España me dio tranquilidad, estabilidad y la posibilidad de planificar.
Me dio la oportunidad de pensar en el futuro de mis hijos sin estar permanentemente pendiente de la seguridad económica del país o de la seguridad al caminar por la calle. Me permitió crear una rutina sencilla, algo que puede parecer poco hasta que vivís en un lugar donde organizar el futuro siempre depende de demasiadas variables.
Laboralmente, tuve la posibilidad de crecer. Pudimos mejorar nuestros trabajos, impulsar emprendimientos y alcanzar cierta estabilidad gracias a mi profesión. España no siempre es el mejor lugar para emprender, pero mi trabajo como desarrollador me permitió encontrar oportunidades y seguir progresando.
Cuando regresamos por segunda vez, además, cambié de rubro. Encontrar mi lugar dentro del desarrollo tecnológico fue decisivo. Saber que existía demanda laboral en mi sector me permitió construir una estabilidad que antes parecía mucho más difícil.
También fueron fundamentales las personas que nos ayudaron. Una prima que vivía en España fue la primera en abrirnos las puertas de su casa. Después apareció la familia de su marido, que es español. En una migración, esos gestos tienen un valor enorme. Cuando todavía no tenés nada propio, alguien que te ofrece un lugar, una comida o una conversación puede convertirse en el primer punto firme de tu nueva vida.
La segunda vez que llegué a España sentí que estaba regresando al lugar al que pertenecía. Argentina representa quién soy, pero España es el lugar donde pude establecerme, vivir con tranquilidad y construir una familia.
Aquella vuelta no se sintió como una nueva emigración. Se sintió como volver a casa.
Una familia con más de una identidad
Mis dos hijos son españoles y también tienen ciudadanía argentina e italiana. Cuando les preguntan de dónde son, se definen como españoles. Es lógico: nacieron y crecieron acá. No sienten Argentina de la misma manera que nosotros.
Para ellos, Argentina somos principalmente sus padres y todo lo que nosotros representamos.
No tuvieron una relación cercana con sus primos argentinos porque la distancia impidió compartir el día a día. Se conocen, existe el vínculo familiar, pero no es lo mismo que crecer juntos, encontrarse cada semana o formar parte de las pequeñas historias cotidianas.
En casa, sin embargo, hay una identidad argentina muy presente. Mantenemos nuestra forma de celebrar los cumpleaños, las cenas de fin de año y muchas reuniones familiares. Cocinamos platos argentinos, aunque también los mezclamos con comidas de otros lugares.
Nuestra manera de hablar dentro de casa es muy argentina. Mis hijos entienden perfectamente todas nuestras expresiones y poseen una capacidad sorprendente para cambiar de registro. Hablan de una manera con nosotros y, prácticamente de forma instantánea, activan otro código cuando están con sus amigos españoles.
Escuchamos música de todo tipo, incluida música argentina. Y cada vez que aparece una bandera argentina en un Mundial, unos Juegos Olímpicos o cualquier competición, la seguimos. También alentamos a los equipos en los que participa algún argentino. Es una manera sencilla de mantener una conexión.
Ellos vivieron con nosotros la vuelta a Argentina y el posterior regreso a España. No son espectadores de nuestra historia migratoria. Son parte de ella.
Me gustaría que conservaran algunas características que identifico con nuestra forma de ser: la amistad, la cercanía, la capacidad de luchar por lo que quieren, el ser aguerridos y, sobre todo, la libertad de ser ellos mismos.
La mezcla de las dos culturas se ve especialmente en las cenas de Navidad y fin de año. En una misma mesa aparecen platos, palabras y costumbres de ambos lugares. Tal vez esa mesa sea la mejor definición de nuestra familia: nadie tiene que elegir una sola identidad para sentarse.
Argentinos por España
Argentinos por España nació de manera espontánea junto a un compañero de trabajo. Nos dimos cuenta de que no existía un canal claro donde encontrar información sobre los eventos argentinos, las bandas que visitaban España, los lugares donde actuaban, nuestra cultura y los emprendimientos creados por compatriotas.
Queríamos reunir esa información, pero también ofrecer lo que nosotros habríamos necesitado al llegar.
Emigrar implica un cambio enorme. La persona que llega necesita saber cómo hacer un trámite, dónde buscar trabajo, cómo encontrar una vivienda, qué errores evitar y, muchas veces, simplemente dónde encontrarse con alguien que entienda lo que está viviendo.
Escuchar a otros argentinos me enseñó que cada migración tiene su propia historia. Todos tuvimos nuestras dificultades, nuestras decisiones equivocadas y nuestras cagadas al hacer algún trámite. También descubrimos caminos diferentes para resolver problemas parecidos.
Algunos de los momentos más emocionantes aparecen cuando alguien agradece una reunión o una juntada. Formar parte de algo, encontrarse con personas que hablan como vos y no tener que explicar cada referencia puede hacer que la distancia resulte un poco más llevadera.
La comunidad también me permitió mantenerme conectado con Argentina. Conocí personas y personajes que probablemente nunca habría conocido si me hubiese quedado viviendo allí.
Argentinos por España no busca levantar una pared alrededor de los argentinos. Al contrario. También es una forma de que los españoles conozcan nuestra cultura y de favorecer la integración entre ambos lados.
Tender ese puente significa acercarme yo también. Significa no renegar de la vida que construimos acá, pero tampoco vivir sufriendo permanentemente por todo lo que dejamos.
Ser argentileño
Hoy me definiría como argentileño.
La esencia argentina sigue estando a flor de piel en mi manera de hablar, vincularme, trabajar, celebrar y expresar afecto. Pero las costumbres de España también están profundamente arraigadas en mi vida.
No sé si vivir entre dos culturas tiene tantas ventajas como suele decirse. Lo que sí me enseñó es que el mundo puede ser tu casa y que las fronteras son, en gran medida, líneas imaginarias que dividen la tierra.
Es parecido a visitar la casa de otra familia. Puede haber costumbres distintas, historias diferentes e incluso palabras que no significan exactamente lo mismo. Pero todos vivimos bajo el mismo cielo. Y, al final, eso debería ser lo más importante.
Al Juan Pablo de 24 años, aquel que llamó a su mujer durante su primer día en España, le diría que todo va a estar bien. Que tenga paciencia. Que permanezcan unidos. Que van a formar la familia que siempre soñaron, aunque el camino no sea exactamente como lo imaginaron.
A quien acaba de emigrar le diría que intente abrirse. Que probablemente lo pasará mal, que va a extrañar y que habrá días en los que se preguntará si tomó la decisión correcta. Pero también le diría que busque oportunidades, que se permita recibir ayuda y que no desprecie el papel de la suerte. La suerte siempre está presente, pero también hay que salir a buscarla.
Después de vivir en Argentina, Italia y España, entendí que el hogar no depende de un territorio. Puede ser la casa de tus padres en Argentina o la casa en la que vivís con tu mujer y tus hijos en España.
El hogar es el lugar donde están las personas que amás.
Después de 22 años entendí que emigrar es abandonar la zona de confort más grande que existe. Es avanzar sin red, intentando alcanzar un objetivo que a veces todavía no sabés explicar. Es tener paciencia, resistir y seguir adelante.
Argentina me dio mi identidad. España me permitió construir mi vida.
Y mi casa está donde se sienta mi familia a la mesa.


